Uno podría pensar que el arte plástico zuliano es como el Lago de Maracaibo: inmenso, vital, siempre presente y contaminado. Pero la verdad es que, a diferencia del lago, las obras de nuestros artistas no se ven por ningún lado. No porque no existan —ahí están, durmiendo en oficinas climatizadas de algún burócrata con buen gusto y poca conciencia— sino porque el Zulia, tierra de petróleo y promesas rotas, todavía no tiene un museo de bellas artes a la altura de su historia.
Sí, tenemos el Maczul. Ese elefante blanco que prometía convertirse en el gran templo del arte contemporáneo del occidente venezolano. Pero, en vez de un repositorio serio y documentado de las obras fundamentales de nuestra plástica, lo que tuvimos fue una suerte de feria permanente de exposiciones efímeras, donde lo que importaba era el «evento», la «inauguración», la selfie institucional y, claro, la métrica de Instagram. Porque si no se publica, no existe.
Y en medio de ese show constante, nuestras grandes obras quedaron huérfanas. El Maczul, que pudo haber sido un archivo viviente de lo mejor del arte zuliano, se convirtió en un museo sin memoria, con una colección permanente oculta y asinada, sin discurso histórico. Porque contar la historia del arte en el Zulia requiere algo más que colgar cuadros bonitos: requiere voluntad, criterio, y un mínimo de respeto por quienes forjaron una tradición pictórica digna de estudio.
Por eso celebramos, con entusiasmo genuino (aunque con cautela de quien ya ha sido decepcionado muchas veces), el anuncio del nuevo secretario de Cultura sobre la creación de un museo dedicado a Julio Árraga. Al menos alguien se está acordando de que existieron pintores antes de Instagram. Pero que no se malinterprete nuestro entusiasmo: esto es apenas un gesto en la dirección correcta. La deuda es inmensa, y no se salda con una sala de homenajes.
Lo que necesitamos es un verdadero Museo de Bellas Artes del Zulia, que cuente —de una buena vez— nuestra historia plástica con la seriedad y amplitud que merece. Desde los trazos fundacionales de Julio Árraga, Manuel Puchi Fonseca y Castor Almarza, hasta las rupturas y lenguajes contemporáneos de Carmelo Niño, Paco Hung, Ángel Peña, Darwin Araújo y Juan Mendoza. ¿Dónde están las obras de estos últimos? ¿Dónde puede un joven zuliano verlas sin tener que mendigar un permiso en la oficina de algún director general? ¿O es que estamos esperando que se mueran todos para hacerles un mural con su cara y un «Gracias por tanto»?
Los artistas del Zulia no tienen dolientes. O los que tienen, parecen más interesados en organizar colectivas mensuales para llenar informes de gestión que en preservar el acervo cultural de la región. Porque claro, montar una exposición al mes con una cinta roja y una guarapita en un filtro amarillo, es más fácil que construir un relato curatorial serio. Lo primero da likes, lo segundo exige trabajo.
Estamos mal acostumbrados a la cultura de la inmediatez. Todo se resuelve con una foto, una mención en redes, una rueda de prensa. Pero los cuadros no se conservan con hashtags. El arte no se protege con discursos de protocolo. Hace falta política pública, compromiso institucional, y sobre todo, sentido común: ese que dice que las obras que ha comprado el Estado con dinero de todos no pueden seguir adornando pasillos institucionales como si fueran parte del mobiliario. Esas piezas —muchas valoradas en miles de dólares— deben estar donde el pueblo pueda verlas, admirarlas y aprender de ellas.
Y no, no nos sirve una compra de arte hecha entre commadres y recomendados. Queremos una política sistemática de adquisición, con jurados independientes, criterios claros y sin la usual «conchupancia» que tanto daño ha hecho a nuestra gestión cultural. Que se adquieran las mejores obras de los grandes artistas zulianos, no las de los mejores amigos del funcionario de turno.
Desde El Maracaibeño queremos dejar claro que estamos del lado del artista, del creador, del pintor que trabaja en silencio y que aún cree que su obra puede cambiar el mundo. Felicitamos al nuevo secretario de Cultura por arrancar su gestión con ímpetu. Ya era hora. Porque la anterior fue, sin rodeos, un fraude. Una pasarela de nepotismo, favores y promesas que solo dejó desilusión y cinismo en la comunidad cultural.
Si de verdad queremos rescatar la cultura zuliana, comencemos por darle casa a su arte plástico. Un museo de verdad, con criterio, con memoria, y sin miedo a mirar atrás para construir hacia adelante. Porque la historia de nuestro arte merece algo más que una sala prestada y una cinta que cortar. Merece un hogar.
