La madera que alguna vez sostuvo una casa, los horcones que resistieron el paso del tiempo y los fragmentos rescatados de las aguas del lago de Maracaibo encontraron una nueva forma de permanecer en la memoria colectiva durante MAC / Portable 2026. El artista plástico y psicólogo Martín Leal Guerra participó en este encuentro dedicado a las expresiones contemporáneas de las artes visuales con su obra «La barca de los acuerdos», una propuesta escultórica que explora los vínculos entre territorio, memoria, convivencia e identidad zuliana. El evento se desarrolló del 23 al 25 de octubre de 2026 en el Centro de Bellas Artes de Maracaibo, institución fundamental para la vida cultural de la capital zuliana y escenario de encuentro para artistas, creadores y amantes de las distintas disciplinas artísticas.

La presencia de Leal Guerra en MAC / Portable 2026 permitió acercar al público a una obra que encuentra en los materiales recuperados una posibilidad de reflexión sobre la historia cotidiana de las comunidades. En una región cuya identidad está profundamente ligada al lago, a sus poblaciones ribereñas y a las formas de vida que se han desarrollado alrededor de sus aguas, la madera adquiere un significado que trasciende su condición física. Es materia cargada de experiencias, testimonio de viviendas desaparecidas, huella de antiguas construcciones y vestigio de una relación íntima entre las personas y el espacio que habitan.
«La barca de los acuerdos» se inscribe en esa búsqueda de significados que convierte los elementos ordinarios del paisaje en objetos capaces de comunicar una historia colectiva. La propuesta de Martín Leal Guerra parte de la recuperación de maderas, horcones y clavos procedentes del lago de Maracaibo y de casas destruidas de la región, fragmentos que, después de haber cumplido una función en la vida material de sus antiguos espacios, encuentran una nueva existencia a través del trabajo escultórico. En lugar de ocultar las marcas del desgaste, el artista las incorpora a la expresión de la obra, haciendo de la erosión, las huellas del salitre y las señales del tiempo componentes esenciales de su lenguaje plástico.
Como plantea Inber Leal en su aproximación crítica a esta creación, la obra constituye una suerte de arqueología afectiva de la memoria zuliana. La expresión resulta especialmente pertinente para comprender el sentido de una práctica artística que no busca únicamente transformar materiales recuperados en una composición visual, sino restituirles su capacidad de evocar las vidas que alguna vez estuvieron relacionadas con ellos. Cada fragmento conserva, de manera simbólica, algo de su procedencia: la intimidad de un hogar, la experiencia de una familia, las relaciones de vecindad y la historia de una comunidad que ha debido afrontar las transformaciones de su entorno.

Desde esta perspectiva, la escultura propone una reflexión sobre la permanencia. Las casas pueden desaparecer, las estructuras pueden ceder ante el deterioro y los materiales pueden ser desplazados de su lugar original, pero las experiencias vinculadas a esos espacios no se extinguen necesariamente con su desaparición física. El arte interviene precisamente en ese territorio donde los objetos dejan de cumplir su función inicial y comienzan a expresar otros significados. La madera rescatada se convierte así en un soporte para la memoria, mientras la labor del escultor abre un diálogo entre lo que ha sido destruido y aquello que todavía puede reconstruirse desde la sensibilidad, la imaginación y el reconocimiento de una historia compartida.
El título de la obra introduce, además, una dimensión simbólica que invita a pensar en la convivencia. La barca remite al desplazamiento, al encuentro de las personas en un espacio común y a la necesidad de establecer acuerdos para avanzar. En una región donde el lago ha sido históricamente vía de comunicación, fuente de sustento y referencia esencial del imaginario colectivo, esa imagen adquiere una resonancia particular. La embarcación puede leerse como una metáfora de la comunidad: un espacio que necesita de la participación de sus integrantes para mantenerse a flote y continuar su recorrido. Aunque cada espectador puede construir su propia interpretación, la propuesta abre una reflexión sobre la posibilidad de recomponer los vínculos y encontrar puntos de encuentro incluso después de las fracturas.
La formación de Martín Leal Guerra como psicólogo aporta otro horizonte de lectura a su trabajo artístico. Sin reducir la obra a una explicación biográfica, esa doble condición permite reconocer el interés que despiertan en su propuesta las relaciones humanas, la experiencia emocional y los elementos materiales que acompañan la construcción de la memoria. En «La barca de los acuerdos», los objetos recuperados no aparecen como residuos sin valor, sino como portadores de historias que merecen ser atendidas. El gesto de recogerlos y convertirlos en escultura plantea, en sí mismo, una forma de restitución simbólica: aquello que parecía destinado al abandono puede volver a ocupar un lugar significativo en la vida cultural.

La participación de Leal Guerra coincidió con la presencia del escultor y muralista venezolano J. J. Moros, invitado por MAC / Portable para conversar sobre «Escultura Contemporánea Venezolana». Su intervención incorporó al encuentro una reflexión sobre los caminos, lenguajes y posibilidades de una disciplina que continúa explorando nuevas relaciones entre la materia, el espacio y la percepción. La trayectoria de los escultores y muralistas venezolanos forma parte de una tradición artística diversa, en la que conviven la investigación formal, la experimentación con materiales y el diálogo con las realidades sociales y culturales del país.
La coincidencia de estas propuestas en el Centro de Bellas Artes de Maracaibo contribuyó a situar la escultura en el centro de una conversación sobre las formas en que el arte contemporáneo interpreta su entorno. La participación de artistas con aproximaciones distintas permite reconocer que la creación escultórica no se limita a la elaboración de objetos ni a la destreza técnica, sino que también constituye un campo de pensamiento en el que los materiales, los espacios y las experiencias humanas pueden adquirir nuevas dimensiones. En ese contexto, la obra de Leal Guerra aporta una mirada arraigada en el paisaje zuliano y en las historias que permanecen inscritas en sus materiales.
El Centro de Bellas Artes, por su parte, ofreció el espacio para el desarrollo de MAC / Portable 2026 entre el 23 y el 25 de octubre, en una ciudad cuya vida cultural se sostiene en la actividad de artistas, instituciones, espacios independientes y públicos interesados en las expresiones del presente. Maracaibo ha construido una relación singular con las artes visuales, marcada por su paisaje lacustre, su arquitectura, sus tradiciones y una sensibilidad que encuentra en la memoria local una fuente constante de creación. Encuentros como este permiten que esas búsquedas dialoguen con otras perspectivas y que las obras circulen en espacios donde puedan ser observadas, discutidas e interpretadas desde distintas experiencias.

En «La barca de los acuerdos», el pasado no aparece como una imagen inmóvil ni como una nostalgia destinada a conservar intacto lo perdido. Se manifiesta, más bien, en la posibilidad de transformar los vestigios y devolverlos a la conversación del presente. La madera desgastada por el sol y el salitre deja de ser únicamente testimonio de una desaparición para convertirse en una forma de resistencia poética. Su nueva condición escultórica recuerda que el territorio también está hecho de aquello que sus habitantes han construido, habitado y amado, y que las ruinas pueden seguir hablando cuando alguien decide escucharlas.
La participación de Martín Leal Guerra en MAC / Portable 2026 reafirma, desde esta propuesta, la capacidad del arte para establecer conexiones entre la materia y la experiencia colectiva. «La barca de los acuerdos» invita a mirar de otra manera los fragmentos que sobreviven a la transformación de los espacios y a reconocer en ellos una parte de la identidad zuliana. En una región donde el lago permanece como referencia geográfica, histórica y afectiva, recuperar sus maderas y devolverlas al espacio artístico constituye también una manera de preservar los relatos que conforman la vida de sus comunidades. La obra propone, finalmente, que el arte puede ofrecer un lugar de encuentro para esas memorias dispersas, un espacio simbólico donde las huellas del pasado encuentren nuevas posibilidades de sentido y donde la creación contribuya a mantener viva la relación entre las personas, su territorio y su historia.
