Mario Daniel Colina Hernández nació en Maracaibo el 4 de agosto de 1963 y forma parte de esa generación de artistas visuales zulianos que, desde las últimas décadas del siglo XX, han conjugado la sensibilidad contemporánea con una arraigada vocación de oficio. Pintor de inquietudes profundas, Colina ha transitado con libertad los diversos registros de la plástica, entre los cuales destacan tanto el retrato histórico como la figura femenina, con una mirada aguda que combina lirismo, crítica y humor.
Desde joven se formó en el arte bajo la guía de destacados maestros zulianos. Su iniciación formal ocurrió en 1978 en el Taller de Pintura Miguel Ángel, con el profesor Abdón Romero, y más adelante con Néstor Briceño en 1983. Estas experiencias marcaron su base técnica, pero también lo introdujeron en una concepción artesanal y rigurosa del quehacer artístico, nutrida por el estudio, la experimentación y el contacto directo con la materia pictórica. La disciplina adquirida en estos talleres se proyectó luego en su propia labor pedagógica como profesor de dibujo, pintura y escultura en el Taller Experimental de Arte (TEA), ubicado en el sector El Naranjal de Maracaibo, donde formó a nuevos valores de la plástica regional.
La obra de Mario Colina se mueve con soltura entre lo simbólico y lo carnal. Así lo evidencian dos de sus líneas temáticas más reconocidas: por un lado, su tratamiento de figuras patrias en composiciones que no son simples evocaciones académicas, sino más bien un replanteamiento plástico del imaginario republicano; por el otro, sus series sobre cuerpos femeninos, como la titulada Cuerpos Gruesos, presentada en la sala Manuel Puchi Fonseca de la Secretaría de Cultura en 1992, en la que el artista explora, con notable expresividad y trazo seguro, la sensualidad, la densidad, la curva y la corporeidad en mujeres de formas generosas y contorsionadas, revelando una visión humanista e introspectiva de lo femenino.
Uno de los momentos más visibles de su trayectoria fue su participación en la muestra itinerante «Los Bolívar, Palacios y Blanco, una generación de libertad», presentada en 1983 en los estados Sucre, Falcón, Zulia y en Caracas. En esta exposición colectiva, Colina abordó la iconografía patriótica con una intensidad renovadora, recuperando el gesto heroico desde una estética vivaz y cromáticamente audaz, donde la historia dialoga con la emoción individual del espectador.
La crítica regional ha reconocido en Colina a un artista en constante búsqueda, como lo describe Alexis Blanco en sus crónicas publicadas en el diario Panorama. En ellas se habla de un creador comprometido con su credo artístico, capaz de producir imágenes que, aunque serenas, contienen una angustia contenida, una tensión que palpita en los rostros, en las anatomías, en los colores.
Además de su labor creativa y pedagógica, Mario Colina ha estado involucrado en proyectos patrimoniales de gran relevancia. En 2015, participó en la restauración de los frescos de la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, junto a los artistas Johan Galué, Manuel Hernández Soto y Miguel Márquez. Este trabajo en el corazón espiritual de Maracaibo representa una muestra tangible de su compromiso con la memoria visual de la ciudad, con el arte sacro y con la devoción popular.
Con una obra que oscila entre la iconografía republicana y la corporeidad expresionista, Mario Colina ha sabido insertarse en el paisaje artístico zuliano sin buscar los reflectores del espectáculo, pero sí dejando una huella profunda en quienes han seguido su trabajo y se han formado bajo su tutela. Su capacidad de síntesis, su mirada crítica y su apego a los valores formales hacen de él un referente indiscutible de la pintura contemporánea en el occidente venezolano.
A través de sus múltiples facetas —artista, maestro, restaurador—, Mario Colina representa esa figura del creador integral que el Zulia ha sabido gestar en su entraña cultural. Desde los trazos de sus lienzos hasta las paredes sagradas que ha contribuido a devolver a la luz, su legado se proyecta como una expresión honesta, vibrante y comprometida de la identidad plástica regional.
