Maracaibo respira cultura, pero la respira con dificultad. En cada rincón de la ciudad, desde el Teatro Baralt hasta la esquina del Abasto La Sorpresa, donde suenan gaitas improvisadas, toda la ciudad late en expresiones vivas de creatividad y tradición. Hay poesía escondida en el paisaje, música en las plazas, danzas nacionalistas en cada barrio y memoria viva en cada parroquia, en cada viejito sentado en frente de su casa que vive de recordar y de conocer la vida ajena. Pero todo ese caudal extraordinario de talento y sensibilidad permanece disperso, fragmentado, huérfano de gestión y desconectado de cualquier política pública real.
La ciudad está llena de creadores, pero sin un modelo sólido de organización, la cultura de Maracaibo sobrevive, no vive. Y lo que está en riesgo no es solamente la producción artística, sino también la identidad, la cohesión social y el potencial de desarrollo económico y turístico que la cultura puede ofrecer. Por eso, si de verdad queremos rescatar a Maracaibo de la improvisación institucional y el abandono histórico, necesitamos dar un paso firme: aprobar una ordenanza cultural integral, participativa y vinculante que sirva como hoja de ruta para la ciudad.
Esta urgencia no nace de un simple deseo personal ni de una consigna política; nace de un proceso profundo de reflexión colectiva que comenzó hace más de dos años, durante el Congreso Cultural de Maracaibo, celebrado entre el 22 y el 24 de febrero de 2023. Aquellos tres días marcaron un punto de inflexión en nuestra historia cultural reciente. Artistas, gestores, académicos, cultores, colectivos, investigadores y ciudadanos coincidimos en un mismo diagnóstico: sin un modelo estable de gestión cultural y sin una ordenanza que le dé respaldo institucional, las iniciativas seguirán siendo esfuerzos aislados, frágiles y vulnerables.
El Congreso permitió ver con claridad lo que por años hemos padecido: una ciudad que produce cultura todos los días, pero cuyas instituciones públicas carecen de una estrategia coherente. Y si queremos ser honestos, debemos señalar las responsabilidades con nombres y apellidos. La gestión pasada de la Dirección de Cultura del municipio, encabezada por la señora Malena Soto, fue una de las etapas más oscuras y decepcionantes de nuestra vida cultural reciente.
La ciudad quedó atrapada en nepotismo, amiguismo y sectarismo. Las decisiones no se tomaban pensando en el bien común, sino en función de pequeños círculos cerrados, siempre los mismos, beneficiados por el favoritismo institucional. Se cerraron espacios de diálogo, se silenciaron propuestas ciudadanas y se marginó a un enorme sector de artistas, gestores y colectivos que no respondían a los intereses personales de la dirección. Mientras las comunidades creativas clamaban por oportunidades, la Dirección de Cultura se convirtió en un muro que dividía, en lugar de un puente que conectara.
El resultado está a la vista: la cultura se redujo a pequeños gestos simbólicos sin impacto real. No hubo planificación, no hubo descentralización, no hubo transparencia. Los presupuestos se diluyeron sin dejar memoria y los programas de desarrollo brillaron por su ausencia. Hoy, más del 80% de los centros culturales y teatros de Maracaibo están concentrados en solo tres parroquias: Bolívar, Santa Lucía y Olegario Villalobos. Mientras tanto, parroquias enteras como Francisco Eugenio Bustamante, Venancio Pulgar, San Isidro, Manuel Dagnino y Raúl Leoni carecen de bibliotecas, talleres, salas de exposición y espacios de formación artística.
Esta desigualdad territorial, combinada con la falta de visión institucional, ha dejado a cientos de miles de maracaiberos al margen de la vida cultural. Y cuando una ciudad no tiene acceso equitativo a la cultura, pierde identidad, cohesión y desarrollo. La cultura no es entretenimiento: es ciudadanía, es memoria, es identidad.
El Primer Encuentro de Cultores y Cultura de Maracaibo, celebrado el 22 de agosto de 2025 y convocado por el nuevo director de Cultura, Ramón Felipe Colina, representa un nuevo capítulo. Por primera vez en años, las instituciones municipales parecen dispuestas a dialogar con los actores culturales y a abrir un proceso de reconstrucción participativa. Desde aquí celebramos esa apertura y le deseamos a Colina una gestión exitosa, inclusiva y transparente. Pero también debemos ser claros: la voluntad de cambio no basta.
Lo que Maracaibo necesita no son parches improvisados, sino una política cultural coherente, sostenida y democrática, y eso solo es posible a través de una ordenanza de cultura que nazca del consenso de todos los sectores. Una norma que defienda los derechos culturales de los ciudadanos, que defina prioridades, que distribuya recursos con justicia y que establezca responsabilidades claras para evitar que la historia vuelva a repetirse.
Maracaibo no puede seguir dependiendo de voluntades individuales. La cultura necesita instituciones sólidas y una ciudadanía organizada. Y este, más que un deseo, es un deber colectivo. Si la primera parte de este editorial expone el diagnóstico, ahora es momento de proponer el camino. Maracaibo necesita mucho más que un debate: necesita una revolución cultural organizada, plural y participativa. Por eso, en el marco del Primer Encuentro de Cultores y Cultura de Maracaibo, celebrado el pasado 22 de agosto de 2025, propusimos la convocatoria de una Constituyente Cultural de Maracaibo.
Esta Constituyente debe convertirse en un gran pacto ciudadano, un espacio donde todas las voces participen: artistas, gestores, académicos, cultores populares, colectivos independientes, comunidades organizadas, instituciones públicas y privadas, empresas creativas, productores audiovisuales y emprendedores culturales. La cultura no es propiedad de nadie, y este proceso debe garantizar que ningún sector sea excluido o silenciado.
El objetivo es claro: redactar juntos una ordenanza de cultura que responda a las necesidades reales de la ciudad. Una ordenanza viva, útil, que no se quede en diagnósticos ni en papeles engavetados, sino que se traduzca en políticas concretas y sostenibles. Entre las propuestas principales que deben incluirse, destaco:
1. Financiamiento sostenible y transparente
-
Asignar un porcentaje fijo e intocable del presupuesto municipal al desarrollo cultural, administrado con criterios claros y auditoría ciudadana.
-
Crear fondos concursables para proyectos independientes, colectivos barriales, festivales y escuelas comunitarias.
-
Publicar en línea todos los presupuestos, convocatorias y resultados, garantizando la transparencia y evitando favoritismos.
2. Incentivos para el sector privado y la economía creativa
Maracaibo tiene el potencial de convertirse en un polo creativo de referencia nacional. La ordenanza debe:
-
Establecer exoneraciones tributarias e incentivos fiscales a empresas que inviertan en proyectos culturales.
-
Promover la instalación de productoras audiovisuales, editoriales, estudios creativos y galerías que generen empleo y visibilidad internacional.
-
Impulsar alianzas estratégicas entre instituciones públicas y emprendedores culturales, creando redes sostenibles de producción artística.
3. Descentralización real de la cultura
No puede haber maracaiberos de primera y de segunda. Hoy, la gran mayoría de los centros culturales está concentrada en tres parroquias; la ordenanza debe corregir esa desigualdad:
-
Crear bibliotecas comunitarias, casas de cultura y espacios de formación en todas las parroquias.
-
Diseñar programas itinerantes que lleven teatro, música, literatura y talleres a los barrios.
-
Garantizar que cada sector de Maracaibo tenga acceso equitativo a oportunidades culturales.
4. Cultura como derecho humano y servicio público
La ordenanza debe reconocer que la cultura es tan esencial como el agua, la electricidad o el transporte. Entre sus objetivos:
-
Garantizar que cada ciudadano tenga derecho a acceder, participar y crear en la vida cultural.
-
Establecer políticas de formación artística gratuita y acceso universal a los espacios culturales.
-
Proteger y rescatar el patrimonio histórico y arquitectónico de la ciudad.
5. Participación ciudadana permanente
No basta con aprobar una ordenanza; la sociedad civil debe asegurarse de que se cumpla:
-
Crear consejos ciudadanos de cultura en cada parroquia para evaluar, proponer y fiscalizar políticas.
-
Incluir mecanismos de rendición de cuentas obligatoria para la Dirección de Cultura y las instituciones responsables.
-
Convertir la cultura en un proceso de corresponsabilidad entre gobierno, sociedad civil y sector privado.
Maracaibo está llena de talento y creatividad. Hay poetas que reinventan el lenguaje, cineastas que retratan la ciudad, músicos que funden tradiciones con modernidad y colectivos que sostienen el espíritu comunitario en las zonas más olvidadas. Pero sin políticas claras, ese esfuerzo se pierde, y la ciudad permanece fragmentada.
La llegada de Ramón Felipe Colina a la Dirección de Cultura representa una oportunidad histórica para reconciliar a las instituciones con los creadores. Si se construye una gestión inclusiva, participativa y transparente, podemos dejar atrás los años de opacidad y exclusión, y avanzar hacia una nueva etapa de organización y esperanza. Desde aquí le deseamos éxito en ese desafío.
El Congreso Cultural de 2023 trazó el camino. El Encuentro de 2025 abrió las puertas. La Constituyente Cultural de Maracaibo puede ser el espacio donde la ciudad entera se siente a diseñar su futuro. Pero esto exige voluntad, consenso y compromiso. La ordenanza cultural no es un favor: es un derecho y una deuda histórica. No podemos seguir posponiendo este debate. El momento de actuar es ahora. El desafío está planteado. El silencio, esta vez, sería imperdonable.
