EDITORIAL: En defensa de la crítica: por qué el arte necesita voces incómodas

La vida del crítico es solitaria. La genial Susan Sontag decía que “la función de la crítica es mostrar cómo una obra es lo que es, no sólo lo que significa”, y darse la oportunidad de decir “cómo” es “algo” nos acerca al campo de la filosofía. El esteta alemán Adorno, nos planteaba que las grandes obras esperan su “interpretación” y que el arte necesita de la filosofía para desplegar su “verdad”. Por eso una obra de teatro, una producción musical, una exposición individual de fotografía o un libro, están incompletos si no se hace presente el crítico con su manera de definir lo visto o lo leído. Los artistas que le tienen miedo a la crítica son aquellos que no entienden cómo funciona su arte, que pretenden vivir en el ostracismo inútil de su club de fans o de sus alumnos, adocenados y menguantes.

Esta semana una crítica teatral publicada en El Maracaibeño ha suscitado algunos revuelos e inconformidades, principalmente porque en esta oportunidad se ha señalado como responsable de un error imperdonable a la directora técnica, o productora, del teatro donde se desarrolló la obra criticada. Muy queridos amigos han tomado posiciones que parecen irreconciliables y otras que son simplemente ridículas. Luego, el sentimiento de apoyo sindical de obreros, técnicos, periodistas tarifados y amigos de la casa, ha llegado al nivel de recordar el dicho: “el que le pega a la familia se arruina”,  como si una crítica teatral seria debiera obviar un error que arruinó la presentación, sólo por miedo a no herir susceptibilidades.

En Maracaibo la crítica de arte y el periodismo cultural han sido muy flacos, casi escuálidos. Durante la hegemonía de Panorama, que gloriosamente desapareció, la crítica de arte estuvo reducida a las posibilidades de un periodista, que cubría la fuente de cultura y, claro, estaba sujeto a las decisiones que tomara el gobernante de turno, ya que es sabido que Panorama bailó siempre al son que tocaban los tambores de Miraflores y del Palacio de los Cóndores. Es célebre la anécdota de Alexis Blanco cuando increpó al comandante Arias Cárdenas sobre su gestión en la restauración y reapertura del Teatro Baralt, y que finalmente le valió al periodista un viaje de corresponsalía, para sacarlo de la vista del teniente coronel que se enfadó con las preguntas.

La crítica es mal vista en una sociedad hipócrita. Los compañeros de trabajo, los amigos y muchos de los espectadores de cualquier acto son perfectamente capaces de notar errores evidentes, como el que señalamos en la crítica teatral ya mencionada. Es un elefante en la habitación. Aunque muchos lo comenten en sus círculos privados, cuando se tropiezan con el elefante, prefieren ignorarlo. Sucede lo mismo con las posiciones que hemos tomado criticando las pésimas gestiones culturales de la ex secretaria de cultura y la ex directora de cultura del municipio. Lo que no entienden es que el arte y la gestión pública están a la vista de todos, al menos sus efectos, y que algunos creemos que, en aras del ejercicio de la ciudadanía, podemos criticar.

En cuanto al manido tema de la crítica positiva, debo decir que hay horrores artísticos que no merecen ser tratados con guantes de seda. La crítica edulcorada y constructiva tiene su espacio natural en las aulas de clases y en diversos lugares donde es necesario, por motivos pedagógicos, reforzar aspectos positivos para evitar el decaimiento moral. Pero el daño que les ha hecho la “crítica constructiva” a nuestros artistas no tiene tamaño: son niños sobreprotegidos con un ego obeso incapaces de destacar en el mundo real, por miedo y por inoperancia. El trabajo del crítico no es destruir, pero sí tiene el deber de penalizar a quienes se hacen llamar “profesionales” y siguen cometiendo errores de primerizos.

La crítica de arte es el último bastión de defensa de la calidad, y el estado de la crítica de una ciudad es el termómetro de la trascendencia de su arte. Una sociedad con críticos de arte complacientes y flojos tendrá una comunidad artística mediocre; y el arte mediocre vale menos de una artesanía. Que se presenten muchas obras de teatro y que nadie escriba sobre ellas no es bueno. El espectador inculto es fácil de impresionar, y muchas veces para él es lo mismo ver una mala representación teatral que un sketch en redes sociales. Temo que finalmente la basura que veo en redes sociales termine subiéndose a las tablas del teatro. Por eso los críticos somos necesarios, para poner algunas cosas en su justo lugar.

El palangrismo en cultura y espectáculo parece ley, tanto que hay ruedas de prensa, pero no funciones para la prensa. Los presupuestos de promoción de películas y producciones musicales, consisten precisamente en eso: un pequeño aporte a periodistas e influencers para que hablen bien del producto, en muchos casos sin haberlo visto siquiera. Y en el otro extremo, lo que llaman a su puesta en escena “el teatro de arte” y las exposiciones de arte para la élite, comandadas por un galerista o marchante con clientes fuera del país, rehúyen a la crítica porque cualquier posibilidad de un análisis medianamente desfavorable pueda acabar con la estabilidad emocional de los artistas.

Es triste que una crítica teatral haya levantado perjuicios y disgustos de quienes más bien deberían aceptar su responsabilidad y seguir adelante. Pero El Maracaibeño nació en 2014 para eso mismo: hacer un periodismo cultural diferente, que explore la crítica, que venga conducido por una ética de la comunicación y la fe sostenida en que la cultura y el arte de nuestra ciudad merecen más que un simple periodismo de invitación y agenda cultural. Hay que desentrañar los procesos, conocer a los artistas, profundizar en sus métodos y, como dice Susan Sontag, “mostrar cómo una obra es lo que es”, sin maquillar ni ocultar su verdad.

Finalmente, al personal técnico de los teatros, hay que enseñarle que es responsable de sus errores, y aunque sean los actores y artistas los que están más expuestos, ellos también serán señalados por la crítica el día que se equivoquen. Un error técnico puede arruinar cuatro meses de ensayo de un grupo de artistas y la solución no es reconocer el error y sonreír, porque tus errores han dado al traste con las expectativas del elenco y la experiencia de cientos de personas que ven la obra. Perseguir al crítico porque dice lo evidente no es la solución, sino involucrarse en la realización de las obras como uno más, con la misma pasión. Si no se tiene ese compromiso, lo mejor será que este personal técnico vaya buscando otro trabajo donde su desinterés no le haga daño al arte.

La vida del crítico es solitaria porque su función en la sociedad no es caerle bien a todos, sino contener el avance de lo burdo en el mundo de lo sublime. ¡Que vivan los críticos! El Maracaibeño es suyo para criticar.

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Luis Perozo Cervantes

Autor de 23 libros. Productor audiovisual. Conductor del programa "Puerto de Libros - Librería radiofónica". Presidente-fundador del Movimiento Poético de Maracaibo. Creador del podcast Cuestionario Cervantes. Editor-Jefe de Sultana del Lago Editores. Coordinador del Festival de Poesía de Maracaibo y la Feria Independiente del Libro de Maracaibo.

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