Hoy, 11 de mayo de 2026, se apagó la voz de Hermann Petzold Pernía. Tenía 82 años. Pero si uno lo escuchaba hablar en aquel documental – Hermann Petzold Pernía: habitante de la utopía – daba la impresión de que el tiempo no pasaba por él, sino que él caminaba por el tiempo con la seguridad de quien lo ha visto todo.
Yo nací en 1989, casi medio siglo después que él. Él ya era un hombre hecho cuando yo ni siquiera era una sombra. Y sin embargo, con los años, este jurista, historiador, ex fiscal general y magistrado se convirtió en mi amigo. Así de extraña es la vida. Así de generoso era él.
Por eso, para despedirlo, no quiero hablar de fechas ni de cargos. Quiero recordarlo como él mismo se mostró en ese documental que debería ser obligatorio para cualquier zuliano. Quiero invitarlos a verlo: está en YouTube, se titula Hermann Petzold Pernía: habitante de la utopía. Porque así es como quiero que lo recuerden: no como un político, sino como el hombre que abrió las puertas de su casa (esa casa llamada «Utopía») para contarnos todo.
«Tarde o temprano tenemos que separarnos de Venezuela»
Ahí aparece, sin titubeos. No era un secreto su pensamiento independentista para el occidente del país. Pero lo que él proponía no era una ocurrencia de viejo: era una postura estudiada. Señalaba con datos que en el Congreso de 1811 no hubo un solo diputado de Maracaibo, ni de Coro, ni de Guayana. «La independencia fue un acto de la oligarquía caraqueña y valenciana», decía. Y por eso soñaba con una república federal al estilo suizo, que abarcara no solo el Zulia, sino los Andes, Lara y Falcón. Un soñador de pies firmes.
Pero el documental no es solo política. Es también una confesión íntima.
El hijo del posible espía alemán
Mientras la cámara recorre los rincones de su casa, Hermann recuerda a su padre, ese alemán de Dresde que llegó a Venezuela en 1937, químico farmacéutico y fotógrafo. Y entonces suelta una frase que helaría la sangre de cualquier escritor de novelas de espías: «Yo sospecho que fue agente de inteligencia». Y cuenta que su padre salía a inspeccionar el lago con una bandera esvástica, que escondió negativos fotográficos en una caja de madera debajo de una nevera, que los submarinos alemanes respetaban los tanqueros venezolanos hasta que Venezuela declaró la guerra… y entonces todo cambió.
Casi se llevan preso a su papá, pero su mamá «se puso brava y tiró un frasco de perfume al suelo». Así, con esa mezcla de ternura y fiereza, narra su infancia en una Maracaibo profundamente germanófila, donde la corona de la Virgen de Chiquinquirá la hizo un alemán llamado Febre.
«Estuve dentro del monstruo»
Luego habla de sus años como fiscal general (encargado 18 veces, dice con una media sonrisa) y magistrado. Y se sincera: vio corrupción, sí. Cuenta el caso de un magistrado que fallaba a favor de quien le pagara porque su hija estaba paralizada y necesitaba dinero. «Un juez que condena a personas no porque esté bien, sino porque es explicable». Él mismo se define: «El profeta que fue atrapado por la bestia».
Pero también visitó las peores cárceles. Entró al pabellón de la corte negra en El Rodeo. Y le escribió una carta al presidente Rafael Caldera diciéndole que, como humanista cristiano, no podía tolerar eso. Y Caldera lo escuchó.
«Se acata pero no se cumple»
Una de las frases que más me marcó fue cuando acuñó el concepto de «normas fachada»: leyes hermosas, perfectas en el papel, que ocultan una realidad opuesta. Como aquella vieja costumbre colonial de poner la real cédula sobre la cabeza y decir «se acata pero no se cumple». Y remata: «Eso seguimos haciendo».
Para él, la Constitución de 1999 era un error de redacción, una carta hecha a la medida de una sola persona. Y aunque enfrentó persecución (le dispararon, cuenta, y las balas le pasaban cerca), nunca se fue del todo. Porque, dice, «yo quiero quedarme y sigo luchando contra este régimen inicuo».
La amistad que venció a los años
Yo nací en 1989. Él ya era un hombre con carrera. Podría haber sido mi abuelo. Pero algo ocurrió en esa conversación. Él se convirtió en mi amigo. Un amigo de 82 años que me hablaba de guerras mundiales, de la política suiza, de la diferencia entre estrategia y táctica, y me decía con total seriedad: «La política es la guerra por otros medios». Y luego, para bajarme a tierra, me soltaba una risa y decía: «Pero si tu patria no te ofrece empleo, tienes que irte. Con la esperanza de regresar».
Invito a verlo
Por eso, hoy que se ha ido, no quiero flores ni discursos oficiales. Quiero que entren a YouTube, busquen «Hermann Petzold Pernía: habitante de la utopía» y lo vean. Escúchenlo hablar de su padre el espía, de las cárceles, de la independencia del Zulia, de las normas fachada. Verán a un hombre que en sus casi 83 años no perdió ni la lucidez ni la ternura.
Y cuando terminen, entenderán por qué yo, nacido en 1989, puedo decir, con el corazón roto pero lleno de orgullo, que Hermann Petzold Pernía fue mi amigo.
Así quiero recordarlo. Así se queda. En su utopía. Con las puertas abiertas.
