Curvar los ángulos

Por Ramiro Antico

El pliegue. Leibniz y el Barroco. Gilles Deleuze. Barcelona, Serie Paidós Studio-Básica, 1989.

Los telones rojos de los grandes teatros ejercen una atracción magnética. Caen profundos por su peso y en toda su extensión hasta dar con el suelo. Algunas personas llegan temprano al teatro para que su mirada descanse sobre el juego de luces y sombras contrastadas que produce la ondulación de la tela al plegarse. Es como un preludio que prepara la percepción pura para la contemplación estética.

Deleuze se interroga sobre el Barroco, pero no sobre su esencia sino sobre su función operatoria. Ya en la primera línea del libro enuncia su hipótesis, o más bien, la intuye: “No cesa de hacer pliegues. No inventa la cosa: ya había todos los pliegues procedentes de Oriente, los pliegues griegos, romanos, románicos, góticos, clásicos… Pero él curva y recurva los pliegues, los lleva hasta el infinito, pliegue sobre pliegue, pliegue según pliegue. El rasgo del Barroco es el pliegue que va hasta el infinito”.

El libro se titula, precisamente, El pliegue. Curvar los ángulos, eso es lo que definiría al acto barroco. Ya desde Wolfflin el esquema clásico de la materia, lineal y mecánico, se oponía a las curvas barrocas. Sin embargo, el aporte deleuziano es abordar el Barroco no en tanto esencia, sino como rasgo, dejo o residuo, algo que se derrama sobre la modernidad e incluso sobre la contemporaneidad. He aquí la relevancia de su escrito como herramienta para el análisis de la escena artística actual.

Ilustración del libro, edición original (Le pli: Leibniz et le baroque. Paris, Minuit, 1988)

Para comprender el marco en el que se inscribe este texto es preciso señalar que a fines de los años 80 emerge en la bibliografía de teoría del arte el término “neobarroco”. Surge de la necesidad de identificar con mayor precisión ciertos elementos presentes en el arte y la cultura contemporánea, ponerlos en relación con el barroco como categoría estética y también desprenderse de la vaguedad del término “posmoderno”. Entre esa bibliografía se destacan La era neobarroca, de Calabrese (1989), y Nuevas estrategias alegóricas, de Brea (1991). El primero lista y describe una serie de principios que constituyen dicha estética, mientras que el segundo se ocupa principalmente de la operación alegórica como rasgo fundamental. El libro de Deleuze, en cambio, constituye una obra de mayor complejidad y con infinitas aristas. Puede ser abordado desde la teoría del arte y la estética, pero también podría serlo desde la historia del pensamiento filosófico, e incluso desde la física o la matemática. Por esa razón, el lector encuentra en sus páginas numerosos diagramas y gráficos —muy simples y a mano alzada— que sirven para ilustrar su propuesta.

El filósofo francés no se conforma con describir la idea regente que atraviesa el Barroco, sino que también se ocupa de desterrar el pensamiento dualista que, desde Platón hasta la actualidad, gobierna buena parte de las disciplinas. Para ello acusa a Descartes (lo recto) de haber cometido un error. Retoma a Leibniz (lo curvo) a fin de rebatir los argumentos cartesianos. Resolver esta problemática filosófica en pocas líneas resulta una tarea poco apropiada. Sin embargo, es posible un acercamiento a partir de un cuento de Borges que aparece de forma implícita al comienzo del libro.

Ilustración del libro, edición en español (El pliegue: Leibniz y el Barroco. Barcelona, Serie Paidós Studio-Básica, 1989)

En Los dos reyes y los dos laberintos, el autor argentino narra la historia de un rey babilónico que, al recibir la visita de un rey árabe, lo obliga a entrar en un complejo laberinto para burlarse de él. Finalmente, éste logra salir, invade Babilonia, captura al rey, y como venganza lo deja en el desierto: un laberinto sin escaleras, puertas, muros ni recorridos. El cuento presenta los dos grandes estilos, lo sobrecargado y lo simple, lo laberíntico y lo desértico. El alma, que es simple, única e indivisible, sería el desierto, mientras que la materia sería el continuum, el infinito, el átomo como universo. El error cartesiano señalado por Deleuze es diferenciar y desvincular el alma de la materia.

En el Barroco, al igual que en la alegoría de Borges, hay dos pisos o dos laberintos. Deleuze piensa los pliegues como estilos. Bach, barroco por excelencia, es el ejemplo más pertinente para seguir el hilo argumental de El pliegue. El padre de la música (occidental) genera una síntesis entre la tradición coral y el contrapunto. Funde lo horizontal con lo vertical. Es un conocedor de los diferentes estilos, y hace de lo sintético el suyo propio. Los dos laberintos son continuos, esa es la tesis leibziniana que retoma el filósofo francés. Es decir, hay una conexión entre el alma y la materia: son dos caras de una misma moneda. Tal como el desierto y el laberinto.

Deleuze realiza la labor de un archivista, de un coleccionista. En El pliegue, aborda en simultáneo las artes, las ciencias y la filosofía. Ejerce una curaduría de saberes vasta pero precisa. La contemporaneidad, por el contrario, tiende cada vez más vertiginosamente a la acumulación de información involuntaria, cuyo efecto es la saturación hasta la ceguera. La pertinencia de traer, de presentar, de acercar un pensador del siglo pasado, surge de la necesidad urgente de repensar la relación entre el individuo y la información. A partir de infinitas citas, referencias y saberes, a veces presentados, a veces implícitos, a veces distorsionados, Deleuze introduce lo nuevo a través de la manipulación y la metamorfosis.

El pliegue es casi su último libro. Su lectura es una experiencia laberíntica. Cuando el lector ingrese, no tendrá ninguna certeza de cómo ni por dónde saldrá. Las ideas se conectan entre sí no por líneas rectas, sino por raíces, tallos y ramas que se extienden en toda su curvatura hasta formar un rizoma. La palabra “pliegues” se utiliza de muchas formas, el autor le encuentra diferentes funciones, desde la materialidad hasta el alma o la lógica. La filosofía, para Deleuze, es el arte de crear conceptos. Los mismos se curvan, se doblan, se tuercen, se pliegan y repliegan como la tela roja del cortinado infinito de un gran teatro.

Imagen de portada: Judith y Holofernes, de Caravaggio (1599, Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma).

Fuente

admin@elmaracaibeno.art

El Maracaibeño es un periódico literario y cultural fundado por Luis Perozo Cervantes, cuyo primer y único número impreso fue lanzado el 8 de septiembre de 2014, bajo el lema “El nuevo gentilicio cultural”. Su creación surgió como respuesta a la necesidad de un espacio dedicado a la promoción y difusión de la cultura en Maracaibo.

El 1 de octubre de 2017, El Maracaibeño dio un paso importante al transformarse en un diario digital, convirtiéndose en el primer periódico de la ciudad enfocado exclusivamente en la cultura. Con su nueva versión digital, adoptó el lema “Periódico Cultural de Maracaibo”, extendiendo su alcance a todo el país.

Este periódico es una propuesta respaldada por la Asociación Civil Movimiento Poético de Maracaibo, que busca fomentar un periodismo cultural que contribuya a la construcción de una nueva ciudadanía cultural en la región. El Maracaibeño se posiciona como un vehículo para llevar las noticias más relevantes de la cultura, desde críticas de arte hasta crónicas y ensayos, cubriendo así una amplia gama de expresiones artísticas.

El Maracaibeño no solo es un medio informativo, sino un símbolo de la riqueza cultural de Maracaibo, llevando a sus lectores las noticias más importantes del ámbito cultural, tanto local como internacional.

Habitar la ambigüedad

Estética de las cicatrices

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *