Por Verónica Penetti
Memoria de un poeta. Escrita y dirigida por Paula Marrón. Con José Manuel Espeche, Emiliano Díaz y Rosina Fraschina. En Teatro del Pueblo, Lavalle 3636. Funciones: Domingos 18 h.
El Teatro del Pueblo fue fundado en 1930 y es reconocido por ser el primer teatro independiente de nuestro país. Luego de haber pasado por varias locaciones, actualmente se encuentra en el barrio de Abasto. Cada domingo a las 18 h, la sala Teatro Abierto se convierte en una biblioteca del barrio de Avellaneda para ser testigo del presente y del pasado. Desde allí nos es contada la historia del poeta Eduardo (interpretado por José Manuel Espeche), quien toma como excusa un concurso literario para retomar la escritura. Él quiere escribir sobre Elvira, a quien conoció en esa misma biblioteca durante 1978, pero las palabras parecen no llegar. Y los recuerdos tampoco.

¿Es posible traer a la memoria los recuerdos que el dolor reprimió? Ciertos recuerdos felices son como espinas en el corazón cuando vienen acompañados de otros muy dolorosos. Es difícil recordar aquellos tiempos oscuros y hacerlo desde la ficción lo es aún más, ya que se corre el riesgo de diluir los hechos reales. Sin embargo, Paula Marrón, quien escribe y dirige Memoria de un poeta, posee una sensibilidad especial para contarnos una historia ficticia que se desarrolla a partir de un contexto histórico real. La obra nos lleva a recordar a todas las Elviras. Y por eso hoy, más que nunca, es necesario contar esta historia.

Antes de que aparezcan los personajes, el espectador va ingresando a la biblioteca con todos los sentidos. A medida que las luces se encienden y se oye un ventilador de fondo, la escena cobra vida a través de los libros, las fotos, los cuadros y el mate, infaltable protagonista de charlas incómodas. Tito (Emiliano Díaz) es el encargado de la limpieza y el mantenimiento de la biblioteca, y es quien le da frescura a la obra con su particular personalidad. Mientras Eduardo relata fragmentos de anécdotas, Tito va tomando nota de algunas palabras sueltas para rescatar el más mínimo resquicio de la memoria emotiva: un rincón, un libro, una palabra, un aroma que vuelva a traer a Elvira a la memoria. Eduardo pone en palabras una verdad ineludible: lo primero que olvidó de Elvira fue la voz. Rita (Rosina Fraschina) es la bibliotecaria actual. No conoció a Elvira, pero sabe que trabajó ahí mismo, allá por el 78. Eduardo les cuenta lo que puede y, entre los tres, van dándole forma a esta historia y también a aquella historia. Lo acompañan cada uno con su estilo y lo animan a escribir.

Pequeños momentos de humor salpican acertadamente esta trama nostálgica, como en la cotidianidad, cuando entre llantos aparece una sonrisa. Este destello sirve para entender que todo forma parte de la vida y por ello es importante tener siempre un Tito o una Rita que nos acompañen a recordar. Los diálogos son tan profundos como las miradas y los silencios. Cada foto, recorte de diario o libro que son parte de la escena refuerzan la idea de lo que se quiere transmitir.

La historia de este poeta de Avellaneda se hace fundamental por dos razones: nos reaviva una memoria latente y a su vez, transmite, desde la ficción, un recuerdo colectivo a las nuevas generaciones. Es verdad que lo primero que se pierde es la voz pero también es cierto que lo último que se pierde es la memoria.

