Notas sobre «Gallegos: selva, llano y palabra» del Grupo Rajatabla, Teatro Baralt, Maracaibo, 8 de mayo de 2026. Fotografías de Iván Emilio Ocando.
En la funcion de las diez de la mañana sucedió algo que ya casi no sucede. Trescientos estudiantes de educación media, criaturas formateadas por el scroll infinito, sacaron sus teléfonos al mismo tiempo. No para revisar un mensaje: para grabar. La obra los había atrapado y ellos, sin saber que lo sabían, hicieron el gesto más antiguo del espectador ante algo grande: tratar de fijar el milagro antes de que se vaya. Pensé que los apologistas del apocalipsis cultural se equivocan. Al arte que sorprende todavía le queda territorio, y enfrente tiene una generación con la mano más rápida y el asombro intacto.
La función se llamaba pedagógica. Lo único pedagógico que tuvo fue la garantía de un público escolar: ninguna inducción académica, ningún docente subiendo a explicar quién fue Rómulo Gallegos, ningún folleto, nada. Los muchachos entraron a oscuras, fueron iluminados por una hora y media de Rajatabla y salieron al patio del Baralt a discutirla. No conozco mejor definición de pedagogía, y sospecho que el ministerio de educación tampoco.
Tuve la suerte de asistir también a la función de la noche. En la primera me senté en la última fila y el rincón íntimo donde Carlos Conde «Washé» trabajaba con sus equipos quedaba para mí en penumbras. En la segunda, ya sin el peso de la sorpresa argumental y por fin sentado en diagonal a la derecha, pude verlo. Washé hace sonar piezas-objetos que parte de su belleza está en no saber qué son. De allí salen ruidos místicos que convirtieron la atmósfera del teatro en un espectáculo dentro del espectáculo. Lo digo en limpio: Washé es uno de los grandes músicos vivos del Zulia, y esa noche lo confirmó con cada movimiento.
La dirección de Marisol Martínez merece otro párrafo limpio. Coreografías, sincronías, composición escenográfica, dirección actoral; cada departamento, una joya. Es una directora teatral mayor, y esta puesta en escena lo certifica. Se nota el cuidado de quien sabe que cada cuerpo en escena pesa, y el resultado es el de una arquitectura escénica que no se puede olvidar fácilmente. Que tan buena dirección haya recaído sobre el texto que recayó es un asunto que no es responsabilidad de ella, y al que llegaré enseguida.
Una confesión antes de seguir. Es mi primera vez viendo una producción de Rajatabla, lo cual debería bastar para callarme; pero como soy editor de toda la dramaturgia reciente de Jan Thomas Mora —el escritor de teatro más serio que ha producido el centro del país en lo que va de siglo, y un hombre que durante veinte años entregó piezas originales y adaptaciones al Rajatabla remozado— he leído mucho del repertorio que esta sala monta. El maestro Aníbal Grum me dijo una vez que la dramaturgia no es para leerse, que está incompleta si no se representa. Lo respeto, pero discrepo. Una pieza dramática que no sobrevive a la lectura es un guion técnico haciéndose pasar por literatura. La literatura dramática que se sostiene en la página puede incluso superar a su propia puesta en escena, sujetada como está por los actores que le tocaron, por el presupuesto que hubo, por el ánimo o poquedad del director.
No tuve acceso al texto de Yoyiana Ahumada antes de la función; concedo que en la página podría tener virtudes que la escena disuelve. Lo que llegó al escenario fue otra cosa. Un Gallegos blanqueado hasta la transparencia, un buen señor sin vicios, sin ambiciones, sin ideología, sin contradicciones; un hombre tan bueno que da pena ajena. Bueno como adorno, bueno como decoración navideña, bueno como esos santos de yeso a los que se les pone una flor y nadie pregunta de qué murieron. El Gallegos que existió fue fundador de Acción Democrática, firmante panfletos incendiarios con seudónimos, orador de grandes mitines, polemista en la prensa nacional que era la gran tribuna antes de la radio, exiliado varias veces, presidente derrocado por los militares que él mismo había nombrado; un activista político con la espalda dura suficiente para imponerse sobre los caudillos que cambiaron el siglo XX venezolano. Sus novelas no salieron de un trasnocho febril ni de una alucinación. Salieron de una ideología nacional pensada con paciencia y mucha intención. Su literatura es política y es filosofía. Reducirlo al señor distraído que pierde la página 28 es un acto de cariño que estrangula al objeto admirado, lo ridiculaza y anula. Se nos presentó un Gallegos higiénico y distraído. Castrar a un autor para hacerlo presentable es una tradición venezolana, con muchos años de fervorosos practicantes; hay que hacer inofensivos a nuestros poetas, hay que olvidar su militancias políticas, sus luchas contra los amos del valle y sus denuncias contra dictadores y autocratas.
Lo curioso es que la propia obra se traiciona a sí misma y revela el problema. Cada vez que abandona la biografía del Gallegos impoluto y entra en el universo ficcional del Gallegos novelista —el llano, Doña Bárbara, Marisela, Santos Luzardo— el escenario se enciende. Allí Margareth Aliendres aparece como Doña Bárbara, y la sala entiende lo que estaba esperando. Qué presencia escénica. Qué control del cuerpo en el espacio. La escena de la violación es una de las cosas más serias que he visto en un teatro de Maracaibo en mucho tiempo, y conviene decirlo así, sin matices: una actuación grande, en limpio. Lo que esa escena confirma sin proponérselo es una hipótesis difícil de eludir: lo mejor de esta obra no lo escribió Yoyiana Ahumada, lo escribió Rómulo Gallegos. Lo que ella escribió alrededor de él es escolar, plano, aleccionador; personajes lineales sin contradicciones, montados para que el espectador político se ofenda, para que quien tiene el poder en Venezuela no se incomode, no salga molesto ningún sargento recién vestido de coronel.
Jesús Das Mercedes y Rebeca Herrera hicieron, dentro de esa estrechez, un trabajo que merece elogio sin reservas. Rebeca sostuvo a Teotiste de principio a fin con esa fragilidad animosa de la mujer blanca caraqueña conservadora, y bailó joropo sin perder un milímetro del personaje, lo cual no es poco. Das Mercedes me conmovió en varias escenas; la de la extraviada página 28 es de antología, allí comunicó el vértigo de la escritura con una autenticidad cómica y ansiosa, que es muestran su talento. Son dos actores jóvenes en plena posesión de su oficio, y eso fue evidente en cada gesto. Pena que les hayan dado este Gallegos manco para representar; con una dramaturgia a la altura de lo humano de esos dos personajes, habríamos visto una representación memorable.
El teatro que no incomoda, que no lastima a nadie, que cuida de no molestar a los poderosos, los caraqueños lo llaman «teatro comercial». Es generoso, casi un eufemismo. Yo prefiero decir que ese teatro sin sal es una simulación de teatro. Tiene su público, paga sus cuentas, recibe subsidios del estado y hasta de las embajadas. Pero todos sabemos que le falta algo.
Mis maestros hablan del Rajatabla de Carlos Jiménez con el más grande de la historiadel teatro en el siglo pasado. Les creo sin haberlo visto. Este nuevo Rajatabla cree en ese legado y se atreve con temas mayores, lo cual es ya una postura y merece reconocimiento. Falta una decisión más: volver a arriesgarse con la dramaturgia. Un clásico, quizá. O un autor vivo dispuesto a mostrar la desnudez hombre, con todas sus contradicciones encima, con la mano política libre y sexo al aire. Volvería a ver a cualquier cosa que monte el Rajatabla mañana mismo. Que conste.
De Gallegos queda mucho por decir. De Teotiste también, y eso me lo guardo para otro texto. Por ahora apunto que cuando supe que los restos de Gallegos habían sido robados del Cementerio General del Sur escribí un poema titulado Panfleto a los huesos de Gallegos. Nos vemos en la calle: hoy Gallegos está más vivo que nunca. Venezuela necesita más militancia por la democracia y la libertad.


Me encantó tu crítica literaria sobre tu observación desde la butaca . Como hombre de letras, sobre todo el texto poético , temático y conflictos de la obra teatral Selva, llano, y palabras . Ve.rdaderamente la fundación Rajatabla. A través de su dramaturgia y puesta en escena sobre Doña Bárbara y Canaima . Estaban representado dentro una teatralidad en cada fragmento. En su realidad y lo sublime en cuanto el tratamiento literario que realizó la dramaturga y la puesta en escena de Marisol Martínez . Los personajes tuvieron a la altura, sobre todo los paisajes geográficos. Un talento brillante para recrearnos Gallegos conversando con sus personajes . Te felicito Luis por tu escrito.