El arte zuliano vuelve a tener presencia destacada en el panorama nacional con la selección del pintor maracaibero Mario Colina en la 67ª edición del Salón Arturo Michelena, considerada la máxima vitrina del arte contemporáneo en Venezuela. La noticia, que reconoce a uno de los artistas más constantes y singulares de la región, representa no solo un hito para la carrera de Colina, sino también un merecido reconocimiento a su compromiso con la memoria plástica del Zulia y su afán por explorar las formas humanas desde una sensibilidad profundamente personal.
Mario Daniel Colina Hernández nació en Maracaibo el 4 de agosto de 1963 y desde muy joven demostró inclinación por las artes visuales. Se formó en el Taller de Pintura Miguel Ángel bajo la tutela de Abdón Romero en 1978 y más adelante con Néstor Briceño en 1983. Su pasión por el dibujo y la pintura lo llevó también al campo de la enseñanza, fundando su propio Taller Experimental de Arte (TEA) en el sector El Naranjal, donde ha compartido conocimientos de dibujo, escultura y pintura con nuevas generaciones de artistas locales.
La obra de Colina se distingue por una constante búsqueda de identidad. Ha transitado por retratos históricos, figuras populares y arquetipos simbólicos que plasman la herencia cultural de Venezuela y el Zulia. Una de sus más tempranas participaciones significativas fue en la exposición itinerante “Los Bolívar, Palacios y Blanco, una generación de libertad”, presentada en los años ochenta en Sucre, Falcón, Caracas y Maracaibo, donde exploró figuras patrias desde una estética renovadora. Décadas más tarde, su serie “Cuerpos Gruesos”, presentada en la sala Manuel Puchi Fonseca de la Secretaría de Cultura del estado Zulia en 1992, marcó un giro introspectivo y formal, centrado en la figura femenina, que ha sido otra de sus inquietudes fundamentales.
Colina se aproxima a la imagen desde un prisma cargado de simbología, expresividad y volumen. Las mujeres que pinta, regordetas y contorsionadas, desafían cánones clásicos de belleza y se convierten en alegorías vivientes de lo sensual, lo materno, lo trágico y lo cotidiano. Su trazo conjuga tensión y serenidad, gesto y contención. Como lo señaló el crítico Alexis Blanco, sus cuerpos son “angustiosamente serenos”, desbordantes de presencia pero también profundamente introspectivos, reflejo de un mundo emocional en constante ebullición.
Más allá del lienzo, Mario Colina ha contribuido activamente al patrimonio artístico zuliano. En 2015 participó en la restauración de los frescos de la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, junto a los también artistas Johan Galué, Manuel Hernández Soto y Miguel Márquez. Esta labor, profundamente simbólica, significó no solo una recuperación física del templo mariano más importante del occidente venezolano, sino un acto de devoción artística hacia los valores espirituales del pueblo zuliano.
En la actualidad, su selección para el Salón Arturo Michelena reafirma la vigencia de su propuesta y la necesidad de reencontrarse con la obra de artistas que, desde su espacio regional, han construido un lenguaje propio. En Colina, la pintura se convierte en un testimonio íntimo de una cultura que no teme mirarse a sí misma, con sus claros y oscuros, con sus heridas y esperanzas.
La obra de Mario Colina es, en definitiva, un reflejo fiel del Zulia plural: intensa, generosa, crítica, exuberante y profundamente humana. Su participación en el Salón Michelena no es un punto de llegada, sino una nueva estación en su largo y fecundo camino creativo.
