José Gregorio Gotopo fue un artista visual, poeta y pintor de profunda intensidad lírica, nacido en Coro el 4 de agosto de 1964, cuya vida y obra se desplazaron con libertad entre los paisajes emocionales de la plástica, la palabra y la experimentación estética. Su fallecimiento en Ciudad de México el 7 de agosto de 2021 marcó la partida de uno de los creadores más sugerentes y singulares del arte contemporáneo venezolano, un artista que, desde el Occidente del país, supo construir una obra plena de introspección, dramatismo y riqueza simbólica.
Formado académicamente como licenciado en Artes Plásticas por la Universidad Nacional Experimental de las Artes (UNICA) en 1994, Gotopo cultivó una búsqueda plástica rigurosa desde sus años iniciales. Asistió a la Escuela de Artes Plásticas Tito Salas en 1979, al taller libre de grabado y pintura de la Academia de Bellas Artes Neptalí Rincón en Maracaibo entre 1984 y 1985, y más adelante, en 1995, profundizó sus estudios en la prestigiosa Liga de Estudiantes de Arte de Nueva York. Fue allí donde esclareció su visión conceptual del arte, incorporando elementos del expresionismo alemán y norteamericano que caracterizarían su obra posterior: trazos vehementes, figuras suspendidas en el claroscuro emocional, y una paleta decididamente simbólica.
La trayectoria artística de Gotopo está marcada por un temprano y constante reconocimiento. En 1986 fue galardonado con el primer premio del I Salón de Fetrafalcón, el I Salón Oficina de Fronteras, y el VII Salón del Ateneo de Coro. Ese mismo año recibió mención honorífica en el XIX Salón Paraguaná. En 1987 ganó el VII Salón de Occidente y el Salón de Arte de Paraguaná. En 1993, su obra Homenaje a Cheo Feliciano le valió el primer premio en el XXV Salón Lagoven-Paraguaná. Luego, en el 54º Salón Arturo Michelena (1996), obtuvo la bolsa de trabajo Braulio Salazar con la obra Esperando a mi hija, en la modalidad bidimensional. Este conjunto de reconocimientos da cuenta no solo de su coherencia expresiva, sino también de su habilidad para conmover e interpelar al espectador desde una estética marcada por el ritual íntimo de la pintura.
A lo largo de su carrera presentó exposiciones individuales que marcaron épocas. Desde sus inicios con Homenaje a la Catarsis en Coro (1981) y El Nuevo Paisaje (1983), hasta Los Azulejos de Gotopo en la Facultad de Arquitectura de LUZ (1985), y Los Pájaros Amarillos en la Universidad Cecilio Acosta (1986), fue conformando un repertorio donde los símbolos, las texturas y las referencias personales se amalgamaban con el color y el gesto. Obras como Trato con las Estampillas (1987), Cronología Herbal (1987) y La Pintura como Ritual (1997) evidencian esa constante transfiguración del acto creativo en ofrenda, en catarsis o en revelación.
Poeta visual, cada una de sus series revelaba la presencia de una narrativa oculta, una introspección que se desplegaba en trazos sugerentes o en figuras que parecían emerger de la niebla del subconsciente. Su propuesta Mi abuela muerta es un daguerrotipo en el desierto, merecedora del Premio Universidad de Carabobo (2007), testimonia su capacidad para transformar el dolor en belleza, la memoria en imagen, la pérdida en metáfora.
José Gotopo fue también un artista viajero y exhibió su obra fuera del país. Llevó su pintura a Chile y mantuvo una presencia constante en salones nacionales desde 1982. Su trabajo ha sido reseñado con admiración por críticos como Alexis Blanco, Néstor Luis Llabánero, Clara Pirela y Mercedes Contreras, quienes reconocieron en él a un pintor de profundidad filosófica, de espíritu romántico y barroco, y de pulsión existencial.
Decía de sí mismo: “Soy, fundamentalmente, pintor”. Pero su pintura era también un acto poético, una cartografía emocional que hablaba desde el color, el vacío y la forma. Su legado continúa inspirando a nuevas generaciones de artistas que, como él, encuentran en la pintura una forma de decir lo indecible, de transformar la vida en arte y el arte en vida.

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