El pasado 29 y 30 de agosto de 2025, el Teatro Baralt se convirtió nuevamente en epicentro del arte escénico nacional, al recibir en sus espacios una serie de producciones teatrales como parte del Festival de Teatro Venezolano, que tuvo entrada libre y una notable participación de público. Esta edición especial del festival inició con un sentido homenaje al maestro Romer Urdaneta, figura emblemática de la escena zuliana y referente del teatro contemporáneo venezolano.
El viernes 29, en simultáneo en ambas salas del teatro, se llevaron a cabo dos presentaciones cargadas de fuerza poética y propuestas escénicas distintas pero complementarias.
En la Sala Experimental, el grupo Mambrú sorprendió con su pieza “Un hombre se prepara”, una obra original que exploró los límites entre espectador y personaje. Bajo una propuesta intimista y performática, el montaje cuestionó desde el inicio la experiencia del público: ¿fuimos realmente a observar a un hombre en una silla, bajo una lámpara? ¿O acaso era él quien, desde su silencio, nos miraba a nosotros? La obra propuso una ruptura del tiempo escénico tradicional, transformando la función en una experiencia inmersiva que dejó múltiples interpretaciones abiertas.
Al mismo tiempo, en la Gran Sala, el Teatro Esencial presentó la pieza “Claroscuro”, una evocación vibrante de la cultura indígena, donde cuerpo, voz y movimiento se amalgamaron para construir una identidad escénica profunda. El actor, único en escena, transmitió con energía y lirismo la conexión con las raíces ancestrales, en un montaje que apeló al símbolo, al ritmo interno del cuerpo y al rito teatral como vehículo de memoria. El público respondió con atención y emotividad, reconociendo el trabajo de investigación actoral como uno de los pilares de la propuesta.
El sábado 30 de agosto, el cierre del festival llegó con la obra “Evasión en el espejo”, en la Sala Experimental, a cargo del grupo Teatro 261. Esta pieza, adaptación del texto del maestro César Chirinos, abordó con crudeza y lirismo el drama psicológico de Semiramis, una mujer atrapada en sus propios fantasmas. Con una puesta en escena sobria y precisa, la actriz protagonista encarnó el desdoblamiento emocional de su personaje, transitando por monólogos punzantes y momentos de silencio que se sintieron como gritos contenidos. El juego de luces y sombras, junto al recurso del espejo como símbolo escénico, hizo de esta obra una propuesta intensa que generó reflexión y empatía.
A lo largo de las dos jornadas, el público zuliano colmó las salas del Baralt, ratificando una vez más el interés por las artes escénicas y el valor del teatro como espacio de pensamiento, emoción y resistencia cultural. El homenaje a Romer Urdaneta, presente de manera simbólica en cada función, recordó a todos los presentes que el teatro es también legado, memoria viva y compromiso con el arte que transforma.
Con esta exitosa edición del festival, el Teatro Baralt y los colectivos teatrales participantes reiteraron su apuesta por la creación local y nacional, y por seguir tendiendo puentes entre artistas y comunidades desde la escena. El aplauso final fue compartido: para los actores, los directores, los técnicos, y sobre todo, para un público que acudió con entusiasmo a encontrarse, una vez más, con la verdad del teatro.
