Omar Patiño: el trazo insurrecto de Cabimas cruza el Salón Arturo Michelena

La pintura zuliana vuelve a hacerse sentir con fuerza en el ámbito nacional con la selección del artista visual Omar Patiño en la 67ª edición del Salón Arturo Michelena, una de las vitrinas más relevantes de las artes plásticas en Venezuela. Su inclusión entre las 353 obras elegidas entre casi mil postulaciones no es solo motivo de celebración, sino también un recordatorio del vigor expresivo que persiste en el occidente venezolano, particularmente desde la Costa Oriental del Lago.

Nacido el 20 de septiembre de 1955 en San Pedro de Coche, estado Nueva Esparta, y criado desde niño en Cabimas, Omar Patiño representa una voz insumisa y luminosa en el arte nacional. Su formación comenzó en la Escuela de Artes Plásticas Pedro Oporto de su ciudad adoptiva en 1977, donde se integró al grupo cultural Komuna 2000, germen de una poética visual comprometida con la colectividad. Más tarde, su talento y determinación lo llevarían a Europa, gracias a una beca obtenida por convenio cultural con la UNESCO, donde estudió en la Academia de Artes Plásticas de Gdansk, Polonia, bajo la tutela de Kazimierz Ostrowski y Hugo Laseck, discípulos del maestro francés Fernand Léger.

En el Viejo Continente, Patiño no solo se formó académicamente, sino que absorbió la vibración política y cultural de una Europa en transición. Participó en happenings artísticos en el Muro de Berlín en 1983, expuso en galerías de Varsovia, Gdansk y Sopot, y fue premiado como la mejor exposición del año en 1985 en la galería Wlot. Fue parte activa del grupo Bunt, integrado por artistas disidentes del movimiento Solidaridad, con quienes abrió la sala Brama, un espacio de arte contestatario en pleno corazón de la Polonia comunista. Su paso por Francia, Alemania, Italia, Yugoslavia y la URSS le otorgó una visión cosmopolita y crítica, que desde entonces impregna su obra con fuerza expresiva y una carga simbólica ineludible.

Regresó a Venezuela en 1988 con una paleta enriquecida por la experiencia y un compromiso renovado con su entorno. Se instaló nuevamente en Cabimas, donde estableció su taller en la calle Colón, entre Carabobo y la avenida Padilla, y desde allí comenzó a trazar un diálogo entre su herencia europea y la intensidad sensorial del trópico. En 1990 obtuvo el gran premio de la IV Bienal Ciudad de Maracaibo, así como una mención honorífica en el Salón Lagoven de la Costa Oriental del Lago. Ese mismo año realizó su primera exposición individual en el Centro de Bellas Artes de Maracaibo, dando inicio a una nueva etapa de creación anclada en el calor, la luz y la complejidad sociocultural del Zulia.

El arte de Patiño se caracteriza por el uso del gran formato, las texturas densas, la carga cromática intensa y una narrativa que oscila entre lo onírico y lo social. Como escribió la crítica Marlene Nava, en sus obras “brota de los poros el color”, una exaltación de la vida que también puede ser denuncia o memoria. La serie “Acuarius”, expuesta en 1991 en la Galería Musas, y su participación en más de treinta exposiciones colectivas a lo largo de su trayectoria, confirman su constancia y vocación.

En este 2025, su inclusión en el Salón Arturo Michelena constituye un merecido reconocimiento a una carrera marcada por la autenticidad y el compromiso. El Salón, que reúne lo más representativo del arte contemporáneo venezolano, acoge así la obra de un creador que ha sabido tender puentes entre la tradición y la rebeldía, entre la raíz y la experimentación.

Omar Patiño representa esa vertiente del arte zuliano que no se conforma con la belleza complaciente, sino que busca inquietar, iluminar y, sobre todo, conectar. Su pintura, hecha de contrastes, gestos y memoria, se erige como testimonio de una generación que ha sabido mirar hacia dentro y hacia fuera con igual intensidad. Desde Cabimas para el país, su trazo sigue siendo una afirmación de libertad estética y ética.

El arte zuliano celebra, entonces, esta nueva conquista. La presencia de Patiño en el Salón Arturo Michelena no solo honra su nombre, sino también el de todos aquellos artistas que, desde las márgenes del centro cultural, insisten en hacer del arte un acto de afirmación, de luz y de resistencia.

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